
Me levanto con los ojos cansados y planeo. Planeo ataques a la policía y a las sedes bancarias. Recorto fotos de gente que me recuerda a ti y luego las engancho en revistas de viajes. Me enciendo un cigarrillo y pienso. Pienso en toda la mierda que hay alrededor, tanta mediocridad, tanta miseria mental, pienso que me siento sola, aunque no lo estoy, solo porque elijo fumar a oscuras en el balcón cuando todos dormís.
Escribo canciones que nunca voy a componer y revisando mis poemas, me doy cuenta de que durante un microsegundo soy capaz de colocar mi corazón en la repisa y tratar de venderlo en los anuncios de segunda mano. Pero resulta inservible tan desgastado y me lo vuelvo a poner y vuelvo a fumar. Las calles sangran poemas que yo nunca sabré escribir y mientras, la chica del balcón fantasea con la idea de vivir de su pluma, como si eso fuera posible en este mundo mezquino con los idealistas. Y pienso, y ella piensa e imagina, una vida en una casa que no es suya, con un perro que tampoco es suyo pero con el corazon intacto de tanta podredumbre. Viviendo dias faciles y con olor a canela, donde nunca hará frio. Donde los bancos por fin dejaran de existir. Y cuando me doy cuenta de que estoy, de nuevo soñando, no me queda otra, cierro la puerta del balcón, apago el cigarrillo y vuelvo a la vida de los vivos, la vuestra, señoras y señores, o quizas no tan vuestra, quien sabe. Pero en todo caso, vuelvo a esa vida en la que el despertador marca tres horas para las siete y ya apenas me quedan dos horas de sueño hasta volver a mezclarme con los vagones del metro y las estaciones de paso. Que lejos queda la realidad entonces, la que me gusta, la de tus brazos y la de tus abrazos, la de los días faciles y sencillos.